El infierno de las gallinas ponedoras

La industria de las gallinas ponedoras es una industria en la que la extrema crueldad que sufren estos animales nunca se da a conocer al consumidor a la hora de comprar sus huevos. En España, la inmensa mayoría (al menos 80%) de gallinas ponedoras son mantenidas en batería.

 

De hecho, el consumidor ignora el proceso y los métodos por los cuales se obtienen los huevos. La publicidad y las multinacionales están particularmente centradas en los beneficios de los huevos, sus virtudes, el hecho de que son excelentes y esenciales para la salud. No cuestionamos este asunto, aunque muchos médicos y nutricionistas apoyan la teoría contraria. Lo que es importante en este artículo es exponer y explicar cómo se fabrican los productos tan alabados por los productores.

¿Qué esconden los números?

Las condiciones de vida del animal se traducen en números inscritos en los huevos, así, todo el mundo puede conocer su procedencia. El primer número corresponde al código de cría, es decir que nos indica de qué clase de industria procede el producto.

Si el primer dígito es un 0, significa que los huevos son de producción ecológica: las gallinas son mantenidas en condiciones que satisfacen sus necesidades biológicas y etológicas y se les presta un mínimo de cuidados. Está prohibido administrarles antibióticos u hormonas de crecimiento y practicar la amputación del pico (detallaremos esta práctica más adelante).

La cifra 1 indica que el huevo procede de una gallina llamada campera, lo que significa que está en un recinto con acceso al aire al exterior.

La cifra 2 indica que el animal vive en un recinto cerrado y puede desplazarse por el suelo, aunque en realidad, viene a ser un hacinamiento horizontal puesto que la densidad puede alcanzar hasta 12 gallinas por m2.

La cifra 3 indica que las gallinas están permanentemente encerradas en jaulas y no saldrán hasta que se mueran o que las maten. Son privadas de espacio, de cuidados médicos y por supuesto de libertad.

Cruel número 3

En estas condiciones de cría, viven en jaula unas cinco gallinas y el espacio del cual disponen es más pequeño que una hoja de papel. La rentabilidad de la explotación es mayor cuantos más animales almacena, es decir, cuanto mayor es la densidad de animales. En general, las jaulas son apiladas en cinco plantas, yuxtapuestas en estantes larguísimos para maximizar los resultados de producción.

El suelo de la jaula no es estable ni continuo, ya que toda la jaula es de rejas. Este detalle es importante: no sólo permite que los excrementos sean echados a las jaulas de los pisos inferiores, sino que además conlleva el crecimiento excesivo de las uñas de los animales en un intento para adaptarse al suelo, y esto les causa deformidades y  un dolor insoportable. A menudo, debido a la suciedad y a la alta densidad de gallinas en un espacio cerrado, los miembros inferiores se quedan pegados a las rejas debido a una mezcla de excrementos y de sustancias orgánicas (sangre, pus, etc.). Los animales permanecen así hasta que los empleados los saquen de la jaula para sacrificarlos, y en ese momento, los arrancan sencillamente de su cárcel, a la cual los miembros de los animales permanecen pegados. No vamos a juzgar a los empleados de esta industria, ya que además, seguramente no actuarán todos de la misma forma, sin embargo, sabiendo que en "esta industria en cadena" los animales representan sólo productos desechables, y viendo la sociedad en que vivimos, sería hipócrita pretender que se respeta a los animales una vez considerados inútiles.

Por otra parte, el hecho de que el suelo sea de rejillas impide a las gallinas satisfacer su instinto natural: estos animales suelen dedicar mucho tiempo a picotear y revolcarse en la tierra (para quitarse los parásitos), y por supuesto, este encierro forzado en zonas industriales les obliga a negar sus instintos.

En estos espacios diminutos, tampoco pueden estirar sus alas, de hecho, en algunas industrias, el problema suele resolverse mediante la reducción de las alas, en otras palabas, se les corta la mitad de las alas. Las gallinas pierden sus plumas, y son oprimidas y heridas por la constante fricción contra los barrotes de sus jaula. Cualquier movimiento o ejercicio es imposible, y además, la puesta excesiva de huevos provoca una pérdida importante de calcio que debilitan al animal, por no mencionar los tumores en su sistema reproductivo ya que la puesta de huevos es llevada al extremo. Hay que recordar que estas criaturas se ven obligadas a poner muchos más huevos que de manera natural. No, una gallina no pone huevos de forma continua, como todos los animales, lo hace sólo en determinados períodos y en cantidades muchas más pequeñas. En su estado natural, suelen producir una docena de huevos durante el periodo de puesta, mientras que en esta industria, se pasan la vida encerradas y obligadas a poner más de 300 huevos al año.

El encierro, la falta de espacio vital, el hacinamiento con sus congéneres, la falta de "comodidad" de las jaulas, las técnicas utilizadas para forzar la puesta de huevos, como el hecho de mantener constantemente a las gallinas bajo luz artificial, añadido a otros estímulos escalofriantes, hacen que su comportamiento se altere, que se vuelvan agresivas y que ataquen a sus  congéneres con el pico e incluso que lleguen a practicar el canibalismo.

Todo esto sumado a la violencia que sufren y ejercen las gallinas dentro de sus jaulas hace que los productores pierdan beneficios, y por ello, se ha extendido la práctica de la amputación del pico. Es una práctica muy cruel, ya que la operación se realiza sin anestesia o sedantes, y que requiere un corte en el hueso, cartílago y tejidos; sería como cortarle la nariz a alguien. La falta de medios por reducir los costos y la velocidad de rendimiento exigida,  hace que esta operación resulte en la amputación del pico, fuente de dolor horrible, pero que además, a veces no se "opere" correctamente. Un método que causa un terrible dolor, lesiones, infecciones, que obviamente, no son curadas o aliviadas. Inmediatamente después de la mutilación, la gallina es introducida en su jaula, donde comienza su "nueva vida": condenada a pasar su vida en prisión poniendo huevos sin parar.

Muda forzada

En algunos casos, especialmente si el coste de reposición de animales es demasiado elevado, se induce la muda a las gallinas para extender su capacidad de puesta. Este método implica privar de comida a las gallinas por un período de hasta 18 días, mantenerlas en la oscuridad, sin agua, para producirle un choque al cuerpo y provocar un nuevo ciclo de puesta. Por lo general, durante la muda forzada 10% de las gallinas mueren, las que siguen vivas pierden hasta 25% de su peso.

Las gallinas ponedoras de batería no suelen vivir más de un año. La única vez que salen de sus jaulas también será la última: muertas o a punto de ser sacrificadas por dar un rendimiento demasiado bajo. Por otra parte, su condición física es a menudo tan pésima que no pueden ser vendidas como carne, por lo que acaban de caldo de pollo, estos famosos cubitos que todos conocemos.

La difícil situación de los polluelos

Cada año en España, más de 770 millones de gallinas acaban en nuestros platos. En el momento de la matanza, los polluelos tienen sólo 41 días. En la naturaleza, permanecerían con su madre al menos un mes más y tendrían una esperanza de vida de seis o siete años. Los pollos que se venden en el mercado son en realidad jóvenes polluelos deformes. La manipulación genética, las drogas y otras sustancias añadidas a los alimentos permiten que los animales alcancen un crecimiento muy rápido, sin embargo, algunos órganos no se desarrollan tan rápido como el resto del cuerpo y los animales son incapaces de soportar el peso de un cuerpo tan desproporcionado; sus huesos se deforman o se rompen, y así permanecen, hasta acabar en el matadero.

Tampoco podemos omitir los pollos de esta especie seleccionada genéticamente para una puesta masiva. Obviamente, los machos no ponen huevos, además, tampoco crecen lo suficientemente rápido para alcanzar el peso requerido para ser vendidos como carne. Con el fin de no perder ni tiempo, ni dinero, los sexadores (empleados que separan los machos de las hembras) tiran los polluelos machos en vida en unos contenedores donde acabaran asfixiados o aplastados por sus congéneres. Otra alternativa es pasarlos vivos en trituradora o bien gasearlos, o meterlos en bolsas de basura antes de aplastarlas con un bulldozer. Todo este proceso de eliminación se hace con los animales en vida. No se pierde tiempo, ni dinero matándolos antes. Esto puede parecer increíble o exagerado, pero lamentablemente es la triste verdad.

No es necesario explicar por qué estas prácticas son crueles, porque todo el mundo sabe que los animales como nosotros, tiene la misma capacidad de sentir el dolor y el miedo.

En términos de salud, este método también perjudica al consumidor final, ya que estos animales aplastados, gaseados o triturados, no son nada menos que la harina animal destinada a alimentar al ganado de la agricultura intensiva.

¿La solución?

Esto es lo que hay detrás de los huevos que compramos en el supermercado (o mercado), cuyo envasado o cajita de cartón sugieren que estos animales se han criado al aire libre picoteando alegremente.

La realidad no está en los dibujitos hipócritas que nos vende el distribuidor sino en la cifra indicada en los mismísimos huevos. Y ahora sabemos que el numero 3 significa sufrimiento y crueldad. Un dolor que se podría evitar perfectamente. El objetivo de este artículo no es fastidiarnos la tortilla o los huevos revueltos, sino informar al consumidor. Al conocer la procedencia de los huevos, los consumidores podrían decidir dejar de ser cómplices y estar dispuestos a elegir huevos que no impliquen tanto sufrimiento y que sean a la vez menos perjudiciales para la salud (sin rastros hormonas de crecimiento y de antibióticos, sin producción de harinas de origen animal que acaban en la carne o en el pescado).

Si los consumidores dejan de comprar huevos con el dígito 3 entonces tal vez los productores, que estudian con mucho interés la demanda del consumidor, dejarán de producirlos. No por compasión hacia los animales, pero por intereses económicos, pero al menos, no estaría mal. Esto sucedió en Austria, Suiza, Alemania y los Países Bajos, que acabaron prohibiendo la cría de gallinas en batería.

Nos demuestra que un acto que puede parecer banal y corriente puede tener unas consecuencias importantes. No olvidemos nunca que la demanda la crea el consumidor. Y que aunque a nuestro nivel, nos parezca poco, nosotros consumidores, podemos ejercer una presión importante simplemente al dejar de comprar un producto.

Nosotros elegimos. El código 0 implica cero sufrimiento y  mucha calidad.

 

El futuro de esta cruel industria está en nuestras manos, y en nuestros platos.

Más información:

http://www.elcantueso.org/pages/posts/el-etiquetado-y-marcado-de-los-huevos3.php

http://www.granjasdeesclavos.com/gallinas/explotacion

http://www.animanaturalis.org/p/1109/la_industria_del_huevo#comments

Vídeo:

http://www.youtube.com/watch?v=ZM9IzOV0CHU

http://www.mefeedia.com/news/17119265

Su voto: Ninguno Media: 5 (2 votos)